Estampes Cambrilenques

Setge i defensa de Cambrils el 1640 (III)

Per Josep Salceda

"Salían y los soldados —gente que por su oficio piensa es obligada al daño común—, hacían excesos por desvalijar los catalanes: algunos lo sufrían, según la miseria en que se hallaban; otros con entereza se defendían, según les era lícito. Dió principio al lamentable caso que escribimos la codicia e insolencia, antiguo origen de los mayores males; metióse por entre los caballos un soldado a quitarle a un rendido la capa gaseosa con que venia cubierto; forcejeó el rendido por defenderla y el soldado porfió un quitársela, sacó un alfange el catalán e hirió al soldado; quisieron los de la caballería castigar su atrevimiento dándole algunas cuchilladas, por lo cual, temerosos aquellos que lo miraban mas de cerca, pensando que la muerte les aguardaba engañosamente, procuraron escaparse por todas partes, sin mas tino que el débil movimiento que les ministraba el temor. Otros soldados de la caballería, que no habían sabido el principio de la alteración, sacaron las espadas, oponiéndose a la fuga de los que miserablemente huían del antojo a la muerte: esparcióse luego en el campo una maldita voz que clamaba traición repetidamente, de quien sin falta fue autor alguno de los heridos, porque entre ellos tenia más apariencia de poder pensarse y temerse que no dentro de un ejército armado y vencedor. Todos gritaban traición: cada uno la esperaba contra sí y no se fiaba del otro ni se le acercaba sino cautelosamente; no se oían sinó quejas, voces y llantos de los que sin razón se veían despedazar; no se miraban sinó cabezas partidas, brazos rotos, entrañas palpitantes; todo el suelo era sangre, todo el aire clamores; lo que se escuchaba, ruído; lo que se advertía, confusión; la lástima andaba mezclada con el furor; todos mataban, todos se compadecían, ninguno sabia detenerse. Acudieron los cabos y oficiales al remedio y aunque prontamente para la obligación, ya tan tarde para el daño que yacían degollados en poco espacio de campana casi en un instante mas de setecientos hombres, dándoles un miserable espectáculo a los ojos. Aumentó su turbación ver el ejército puesto en arma; atónitos se preguntaban unos a otros la causa y el orden con que habían de haberse; sosegóse la furia de la caballería, porque faltaron presto vidas en que emplearse; pasó aquel oscuro nublado de desastres y se mostró la razón y tras de ella el dolor y la afrenta de haberla perdido.

No descansaba el Torrescusa y los maestres de campo a sosegar el ejército, trabajando lo posible por reducir la gente a orden militar; consiguióse tarde; enterrándose los muertos con gran diligencia, como si verdaderamente se enterrase con ellos el escándalo; apartaron de los ojos los lastimosos cadáveres, cubrieron los cuerpos y la sangre, mas no la memoria de un tal hecho. Después se entendió en el saco, repartiéndose la villa por cuarteles a tercios, según uso de la guerra.

Habíase tratado en junta particular de los jueces catalanes que seguían al ejército qué género de castigo se daría a los comprendidos en el bando real impuesto al principado: porque, según él, todos eran convencidos en crimen de traición y rebelión y por esto dignos de muerte; porque el tratado no les concedía más de la esperanza del perdón, que no obligaba al Rey, cuando la piedad se contraviniese con la conveniencia; que ellos se habían entregado a disposición y arbitrio de los vencedores; que sus vidas eran entonces dos veces de su señor, la una como vasallos, la otra como delincuentes. Determinóse que para poder satisfacer al castigo sin faltar a la clemencia, convenia una ejemplar demostración en las cabezas, ordenada al temor de los poderosos, en cuyas manos estaba el gobierno común y que con los otros se podia usar misericordia dándoles vida.

El Vélez no se atrevia a perdonar ni deseaba el castigo, parecióle más seguro, hallando dificultades en todo, dejar a la justicia que obrase; pero aquellos ministros, hombres de pequeña fortuna, ambiciosos de los frutos de su fidelidad, no descubrían otra satisfacción sinó la sangre de sus miserables patricios. Con este pensamiento y la libertad en que el Vélez los había dejado para ejecutasen sin dependencia las materias de justicia, prendieron al punto los cabos y magistrado de la villa: eran el Rocafort, Vilosa y Metrola con los jurados y bayle; fulminándoseles el proceso aquella misma tarde sin que se les diese noticia de sus cargos o admitiese alguna defensa de ellos. Lo primero que entendieron después de su temor, fue la sentencia de muerte, que se ejecutó aquella misma noche, dándoles garrote en secreto; amanecieron colgados de las almenas de la plaza y con ellos sus insignias militares y políticas porque la pena no parase en sólo la persona, antes se extendiese a la dignidad, amenazando de aquella suerte todos los que las ocupaban en deservicio de su rey.

Miróse con gran espanto de todo el ejército y se escuchó con excesivo enojo del Principado la muerte de los condenados. Entre los Castellanos pensaban algunos que se había hecho violencia a las palabras de su entrega: porque los catalanes verdaderamente creyendo que negociaban con más libertad el perdón, no le especificaron en el tratado: es fácil cosa de entender que ninguno había de concertar su muerte por mayor que fuese el peligro. De este parecer eran todos los que manejaron la entrega; pero sentían, mas no remediaban.

Con los demás rendidos se usó diversamente, según los diferentes pueblos de que eran naturales; salieron libres los vencidos de los que habían recibido las armas católicas, condenando a galeras los moradores de las villas que seguían la voz del Principado.

También a la plaza no quedo solo el castigo de las baterías y el saco: mandóse arrasar la muralla; era la obra, pedía más largo tiempo de lo que el ejército podía detenerse; contentáronse de batir una cortina principal hasta ponerla por tierra y volar con una mina la mayor torre.

Era Cambrils lugar de cuatrocientos vecinos, puesto casi junto al agua, en medio de una vega, fértil de viña y olivares y así por esto como por su ancón capaz para embarcaciones pequeñas, rico y nombrado de entre los del famoso campo de Tarragona, plaza de armas principal de toda aquella frontera, desde entonces acá célebre por su estrago."

Fins aquí l'historiador portuguès.

No gaires coses més volem afegir a aquesta llarga exposició de fets. Només remarcar l'heroisme, la valentia i la tenacitat que van demostrar els nostres avantpassats enfront d'un enemic infinitament superior en nombre i armament, la qual cosa fa d'aquesta acció de guerra una de les pàgines més brillants de la història Cambrilenca.

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