Estampes Cambrilenques

Setge i defensa de Cambrils el 1640 (II)

Per Josep Salceda

"Recibió el Marqués este confuso aviso sobre la marcha y mandó que la vanguardia apresurase el paso por dar abrigo a la caballería; hízose, pero no de tal suerte que el Ejército viniese en desorden, porque según las informaciones, cada instante se podía esperar el enemigo con su grueso, dando a este recelo mas ocasión los bosques aun que los avisos.

Esto mismo les sucedía a los de la plaza, que viendo crecer mas el número de los sitiadores, y conociendo por otra parte la desigualdad de sus fuerzas, sin llegar el socorro y artillería que esperaban, atendiendo ser su perdición irremediable, enviaron un religioso carmelita descalzo, pidiéndole al General mandase suspender las hostilidades por cuatro días, mientras daban aviso a Barcelona.

No todo era temor en los sitiados, sino tentar al Vélez con la promesa, por ver si podían dilatar su peligro, hasta ser socorridos, como esperaban; mas él reconociendo sus ruegos respondió que si libremente entregasen la villa a las armas de su rey, les valdría las vidas esta diligencia y que si se resistían, prometía de pasarlos todos al filo de la espada, y que él no aguardaba mas por su reducción que lo que sus tropas tardasen en ponerse sobre la villa.

El Quiñones, después de haber con su caballería apartado la muralla de gente que no pereció en la campaña, repartió sus cuerpos de guardia a la larga por las avenidas y con lo restante de sus caballos ocupó los puestos importantes. Era el más conveniente el convento de San Agustín, fundado al salir de la villa frontero a la puerta principal, en parte donde las baterías podían ser provechosas a los sitiadores; procuró hacerse dueño de él encomendándolo a alguno de los suyos. Entraron como armados, acudieron prontamente a la defensa los frailes; hacen aquéllos casos lícitas las armas a todos; pero también hacen igual el peligro; hirió de un pistoletazo un religioso a un soldado; retirose aquél y otro en su lugar vengó con la vida del que se defendía la muerte de su compañero; no paró allí la furia, más, ocasionada de la imprudencia, pasaron a mayor número las muertes, a mayor grado los escándalos y quedó, al fin, el convento en manos de los soldados.

Hallábase junto al ejército y repartidos los cuarteles y ataques contra la villa, comenzose la batería con las piezas menores sin efecto, de que tomaban ocasión los sitiados para defenderse con mayores bríos. Salió el Vélez con pocos que le seguían a ver una plataforma que batía la puerta principal de la plaza; era éste el lugar más empeñado con el enemigo y donde se reconocía hasta el pie de la muralla; mas habiéndose descubierto con demasiado despejo, cargaron a aquella parte las rociadas de la mosquetería contraria de la que subidamente cayó el Marqués y su caballo herido por la frente de un balazo. Todos pensaron aquella hora haber perdido su general, creyéndole muerto; volvió presto el Vélez y con sosiego digno de gran capitán subió en otro caballo, templando maravillosamente en su semblante el temor y la alegría.

Hallábase el ejército en esta sazón por todo extremo miserable y falto de vituallas, cosa que a los generales ponía en gran desconsuelo, porqué la queja o la lástima de los hambrientos no dejaba lugar seguro de sus voces; obedecían sin gana, porqué con la larga abstinencia se iban postrando las fuerzas; acordose mandar la caballería a refrescar por los lugares del campo y fueron entrados Montroig, Alcover, La Selva, y otros que se hallaron abundantísimos de todos granos y bebidas. Reus, lugar mas grande y mas rico, se ofreció voluntario a la servidumbre por escaparse de la furia de los invasores; Valls y algunos mas entrados en la montaña lo prometían también; fue todo de considerable alivio para el hambre del ejército, aunque este mismo remedio, usado desordenadamente, hubo de traer otro mayor daño, porqué los soldados, sin respeto a ninguna disciplina dejaban sus puestos y aun sus armas y caminaban a buscar lo que veían gozar los otros. Este descuido despertó la indignación con que los paisanos miraban el estrago de sus pueblos y haciendas; salíanles a los caminos y hacían de ellos crueles presas; muchos se topaban cada dia muertos por la campiña y algunos disformemente heridos. Continuábase la batería de la plaza entre tanto y se mejoraban los aproches encargados a Don Fernando de Ribera y al Conde de Tirón; porqué como los sitiados no tenían artillería gruesa con que detener al enemigo, ganábase fácilmente la tierra. Esto mismo hacía mayor el peligro de parte de los sitiadores, porqué despreciando la defensa de la plaza, se acercaban son respeto a la mosquetería con que los tercios cada instante recibían gran daño. Excusóles la facilidad de la empresa el trabajo de abrir trincheras, y así, como no había lugar reparado, no lo había seguro. Defendiéronse con calor algunos días; pero viendo que por horas se les acercaba el enemigo y que ya no podían excusarse del asalto, comenzó la gente popular a inquietarse, a lo que les obligaba tanto como el poder del ejército, el descuido de Barcelona donde la Diputación, creyendo la pérdida de Cambrils, no disponía su socorro por no desperdiciarle, proviniéndolo a otra defensa.

Algunos catalanes piensan y lo han escrito, haber hombre en la plaza que, sobornado del miedo o del interés, tuvo orden de arrojar gran cantidad de pólvora en un pozo, porqué su imposibilidad los trajese más brevemente al concierto. Ellos, en fin, lo deseaban, perdida toda esperanza de otro remedio; pusiéronlo en practica y llamaron por el cuartel del Ribera; respondióseles y se entendió querían introducir algún tratado; arrojaron poco después un papel abierto en que pedían tregua cuatro días y se disponían a escuchar cualquier justo acomodamiento. Recibió don Fernando el aviso, remitióle al Vélez con la persona del maestre de campo D. Luis de Ribera, porque le informase de todo lo sucedido; llegó D. Luis a tiempo y halló al General con casi todos los cabos del ejército en su estancia; propuso a los que venia poniendo el pliego en manos del Vélez, que ni atendió cuidadosamente a recibirle, ni mostró despreciarle; pero el Torrecusa, que se hallaba presente, hombre de natural veloz y colérico, mostró gran desplacer de la proposición y aún de la embajada, hablando contra todo con aspereza. No era aquel el animo del Vélez, antes interiormente deseaba escuchar los sitiados; mas detenido en ver que el Torrecusa, no español, se declaraba tanto contra el atrevimiento de los catalanes, paróse cuerdamente, pensado en como podría concertar aquellas contradicciones; hallábase a la mesa cuando llegó el aviso, mandó a D. Luis que volviese sin haberle respondido nada; platicó con los demás y encaminó el discurso a otra cosa."

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